En un pabellón de Logroño oímos a una madre interrumpir a un comercial de un centro privado: ‘¿A qué hora sale el autobús de Haro y cuánto cuesta el comedor?’ El interlocutor volvió al ‘proyecto educativo’. La cola se deshizo hacia el stand de un instituto público que tenía una hoja con horarios de línea regular.
Captar alumnado no es un concurso de eslóganes. Quien compara un grado medio de cocina con otro de la comarca quiere saber el número de fogones, el convenio de prácticas y si hay turno de tarde. Esas tres cosas caben en un cartel de mesa. El resto puede contarlo una persona del departamento.
Cuando cubrimos ferias, anotamos las preguntas que se repiten. Este invierno, en tres recintos distintos, fueron: residencia o desplazamiento, reconocimiento de módulos si el estudiante viene de otro ciclo, y qué pasa si no alcanza la nota del grado superior que tenía en mente. Quien no tiene respuesta a la tercera pregunta pierde a la familia en el pasillo.
El adjetivo ‘innovador’ aplicado a un plan de estudios suele tapar un cambio de decreto. Es más honesto decir: ‘Este curso entra el nuevo real decreto y el módulo X pasa a ser de 80 horas’. Las familias no necesitan que les traduzcan la norma a poesía.
Los centros que mejor sostienen la conversación dejan a un estudiante de segundo curso —mayor de edad y avisado— media hora en el stand. No para recitar el lema, sino para contar cómo se llega al polígono de prácticas. Esa voz, citada con nombre y ciclo, sostiene una crónica mejor que cualquier frase de la dirección.
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