Pedimos la entrevista con orientación en un despacho o en una sala pequeña, no en el escenario de la jornada. En el escenario la persona lee el discurso de la dirección. En el despacho suele aparecer el dato incómodo: el ciclo que se queda sin cubrir, el módulo que las empresas no quieren tutorizar, el alumnado que se marcha a Pamplona por la residencia.
Acordamos con dirección, antes de sentarnos, qué cifras son publicables. Si una cifra no puede salir, no la preguntamos ‘por si cae’. Ese pacto evita el rifirrafe del borrador y protege a quien habla. Lo que no entra en el pacto —impresiones sobre el nerviosismo de las familias en mayo, por ejemplo— se atribuye con cargo y, si hace falta, se parafrasea.
No grabamos a menores. Si el centro quiere una voz de estudiante, buscamos a alguien mayor de edad, avisado, y leemos la cita antes de cerrar. Las anécdotas de ‘mi hijo de quince años dijo…’ no las usamos aunque el padre las ofrezca en el pasillo.
Una pregunta que casi siempre da texto usable: ‘¿Qué duda no consiguen resolver con el díptico?’ Las respuestas recientes han sido el coste real de material en ciclos sanitarios, el horario de las prácticas en hostelería y la convalidación si el estudiante viene de otro centro. Eso es captación descrita desde el mostrador, no desde el lema.
Si orientación pide leer todo el reportaje, aceptamos la lectura fáctica —nombres, cifras, cargos— y rechazamos la reescritura del tono. El centro que no admite esa frontera suele estar pidiendo un folleto. En ese caso devolvemos el encargo antes de la visita, no después.
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